Por Juan Sánchez Mendoza
Ciudad Victoria, Tamaulipas. – En agosto 7 del 2000 falleció la señora Mary Anne MacLeodla (de Trump) –madre del presidente estadounidense Donald John– a la edad de 88 años, en Nueva York.
Nació el 10 de mayo de 1912 en Tong, Isla de Lewis (Escocia), que se localiza en el archipiélago más largo de las Islas Británicas, emigrando a la Unión Americana a los 18 años de edad, donde trabajó, inicialmente, como empleada doméstica.
Hacia 1935, en un baile, conoció al Frederick Christ Trump (un exitoso promotor inmobiliario), con quien se casó en enero del año siguiente (1936) y su nacionalidad estadounidense la obtuvo en marzo de 1942.
El matrimonio procreo cinco hijos.
Entre ellos, el ahora por segunda vez inquilino de la Casa Blanca.
Acudo a la cita porque el domingo que se avecina, es Día de la Madre.
Lamentablemente, Trump no tiene. Así que sólo le queda conmemorar el centésimo decimocuarto aniversario de su natalicio.
La señora Mary Anne fue parte de la cultura esfuerzo y por eso, ya con poder económico durante años se dedicó a la filantropía y la defensa de los migrantes, involucrando a su esposo en diversas actividades de beneficio y servicio comunitario.
Incluso, siempre mostrando respeto a la soberanía de otros países por ella haber padecido, en su niñez y su adolescencia, las devastaciones de la monarquía británica.
No alcanzó a ver cómo su hijo, Donald, decidió incursionar en política, siendo un empresario exitoso en temas inmobiliarios, que fue el legado de su progenitor.
De otra forma, quizá la dama estaría avergonzada.
Y es que Trump está enloquecido, prácticamente, con el poder.
No llena con reprimir a países que no le rinden pleitesía y profesan, en su forma de gobierno, el independentismo y la defensa de su soberanía.
Para él, toda nación que no se somete a sus caprichos es enemiga.
De ahí su nueva amenaza intervencionista contra México, ‘para atacar (con sus tropas directamente) a los carteles de la droga’.
Desde la Casa Blanca, el presidente yanqui ha aplaudido su estrategia propia de bombardear embarcaciones supuestamente cargadas con droga, en el Caribe, para frenar el tráfico de enervantes.
Y ha señalado que hará lo mismo vía terrestre a lo largo de su frontera sur con México –3 mil 185 kilómetros lineales– dividida en nuestro país por los estados de Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas.
Comentó en Washington que: “Escucharán algunas quejas de algunas personas en lugares como México y otros sitios, pero si ellos no van a hacer el trabajo, nosotros lo haremos”.
En respuesta la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo aclaró: “Ninguna potencia extranjera dirá a los mexicanos cómo nos gobernamos. Somos un pueblo que ama la libertad y la soberanía y está dispuesto a defenderlas”.
Obviamente, Trump no acepta la respuesta de Claudia.
Ni Sheinbaum se arredra ante el amago de Donald John.
Sin embargo, considero que ambos mandatarios deben bajarle cuando menos dos rayitas a su perorata, porque en su agresión mutua involucran a dos pueblos hermanados que pugnan por la paz binacional y la mundial, así como por el respeto a su soberanía, independencia y costumbres.
Ciertamente, el país vecino del norte cuenta con armamento, ejército y una solvencia económica inigualable para sostener una guerra. Pero no es, de ningún modo, mediante el uso de las armas con que el pueblo mexicano respondería, sino con la razón que brinda la Doctrina Estrada, para impedir la intervención, directa o indirectamente, en los asuntos internos o externos de otros Estados para forzar su voluntad.
Este principio busca proteger la soberanía, la integridad territorial y la libre autodeterminación de las naciones.
Desafortunadamente, a Trump le vale madre.






