Por Juan Sánchez-Mendoza

 

Le festividad del Día del Padre no fue la misma en muchos hogares. No, al menos para borracheras ni conglomeraciones familiares, pero sí resultó en varios moradas una innovación –sobre todo en las viviendas habitadas por adultos mayores–, ya que acudieron a saludar a sus progenitores quienes, en verdad, los quieren.

Y para no darle tanta vuelta al rollo, consigno algunas apreciaciones al respecto, en cuanto a quienes aún tienen padre y los que ya no tenemos:

“Por severo que sea un padre juzgando a su hijo, nunca es tan severo como un hijo juzgando a su padre” (Enrique Jardiel Poncela).

“El padre debe ser el amigo, el confidente, no el tirano de sus hijos” (Vincenzo Gioberti).

“Economizad las lágrimas de vuestros hijos, a fin de que puedan regar con ellas vuestra tumba” (Pitágoras de Samos)

“Es hermoso que los padres lleguen a ser amigos de sus hijos, desvaneciéndoles todo temor, pero inspirándoles un gran respeto” (José Ingenieros).

“No es la carne y la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos” (Friedrich Schiller).

“¡Cuán grande riqueza es, aun entre los pobres, el ser hijo de buen padre!” (Juan Luis Vives).

“Cuando yo tenía catorce años, mi padre era tan ignorante que no podía soportarle. Pero cuando cumplí los veintiuno, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años” (Mark Twain).

“Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo en que tener un piano no lo vuelve pianista” (Michael Levine).

“Ama a tus padres si son justos; si no lo son, sopórtalos” (Publio Siro).

“Un buen padre vale por cien maestros” (Jean Jacques Rousseau).

“El padre debe ser más amado que la madre, pues él es el principio activo de la procreación, mientras que la madre es tan sólo el principio pasivo” (Santo Tomás de Aquino).

“Los padres deberían darse cuenta de cuánto aburren a sus hijos” (George Bernard Shaw).

Hay, también, libre pensadores que opinan que un padre sustituye a la madre.

Pero creo que son cosas distintas.

Lo cierto, a mi parecer, es que amo a mis hijos más que a mi vida misma.

Más que que al aire que respiro, pero no creo que más que a Dios.

Por cualquiera de ellos daría un brazo, una pierna, cualquier órgano sin que me pesara.

Igual que lo hubiera hecho mi padre por mí.

Ya lo creo.

Y hoy a años de distancia (él seguramente en el cielo y yo en la tierra) cada vez, seguramente, nos recordamos más. Él y está con el Creador, en tanto sigo envejeciendo.

Algún día procuraré un escrito sobre nuestra relación, antes de llegar mi muerte.

Pero hoy alzo mi copa y digo ¡Felicidades, padre!