Por Melitón Guevara Castillo

 

La corrupción en el gobierno es una verdad incuestionable. Siempre lo hemos conocido; sin embargo, pocas veces, o casi nunca, sabíamos de cómo la acción de la justicia alcanzaba a los culpables. Llegamos, en cierto momento, a convencernos de que los servidores públicos, los que roban y se hacen ricos, creen que no están haciendo nada malo, precisamente porque todos lo hacen. Como si fuera un deporte.

Nos habían acostumbrado a los discursos demagógicos; a pregonar a los cuatro vientos, por lo regular en campaña, que se combatiría la corrupción. Y al final de cuentas también teníamos la certeza de que eran peores. Tal fue, sin la menor duda, el caso del gobierno de Enrique Peña Nieto. Por eso, hoy en lo local con la detención de Cristóbal Rosales y en lo nacional de Emilio Lozoya, crecen las expectativas de que ahora si habrá castigo.

¡Bomba política!

El caso de Emilio Lozoya es sintomático y significativo por, digamos, la vuelta que se le dio al caso. Se convirtió en un arma política. Fue detenido por la venta-compra fraudulenta de una empresa de fertilizantes. Al mismo tiempo, se le ubica como parte del proceso de sobornos de una empresa extranjera, que pudieron aterrizar en procesos políticos a favor del PRI. Pero al final de eso nada cuenta. Para la 4T lo importante es la negociación que hicieron para que proporcione información sobre la aprobación de la reforma energética en tiempos de EPN.

Hasta donde se sabe ofreció entregar videos sobre la entrega de los sobornos, tanto a diputados como a senadores, que estuvieron involucrados. Ya circula en las redes sociales una infografía que muestra, digamos, nombres y más nombres, tanto del PRI como del PAN y hasta del PRD. Por eso, cuando se supo de los videos, Miguel Barbosa, el actual gobernador de Puebla (MORENA) se cura en salud; él no tuvo, dice, relación con Lozoya, pero sí, entiéndase con Emilio Gamboa… hay, pues, calambres y más calambres, que en sus ‘mañaneras’ AMLO da a unos y otros.

Factureras

Una forma de corrupción, con un doble impacto, es el mecanismo de las factureras. Por muchos años se sabe que en la calle Santo Domingo, allá en CdMx, se venden desde facturas hasta títulos universitarios. Quien usa una factura falsa gana de dos maneras: engaña al fisco en cuestión del IVA y en los gastos de inversión; pero además, el servicio o producto que ampara la factura no se entrega. Así es el meollo del asunto del señor Cristóbal, que fue detenido en CdMx.

En el 2018 ordenaron su aprehensión por el delito de asociación delictuosa, pero fue capaz de conseguir un amparo. Así que, el 15 de este mes, le dictaron otra orden de aprehensión, ahora por el uso indebido de facultades y ahora sí, lo agarraron. Su detención crea expectativas de que pondrá a temblar a otros más: ya hay, informan, 4 detenidos más; le endosan que se birló 2 mil millones de pesos del gobierno tamaulipeco a través de 52 empresas fantasmas.

¡Temblor político!

El temblor político de que habla Ricardo Monreal puede sentirse en el nivel local. Cristóbal, al igual que Lozoya, para salvarse o amortiguar su caída, tan fácil como que puede llevarse a otros de encuentro. Soltar la sopa y, entiéndase, dar pruebas, evidencias, así como por los dichos de AMLO ya lo está haciendo Emilio Lozoya. En un caso de corrupción, los culpables son parte de una cadena.

Ya es evidente que Emilio Lozoya negoció bien, al grado que el presidente AMLO hasta se preocupa por su salud. Otros, en cambio, ya sienten la lumbre cerca, muy cerca. Y es que, en éste y en muchos casos, el hilo se rompe por lo más delgado. Pero bien que lo decía Javier Coello, cuando defendía a Lozoya: ‘no se mandaba solo,’ dejando entrever la cadena de mando hacia arriba, hacia los que ordenan.

Emilio, en cierta medida, ya la libró; a cambio, pone, pondrá, a otros en la lumbre. ¿Cuál será la situación de Cristóbal? Ambos, sin la menor duda, fueron parte de un esquema de corrupción.