Por Juan Sánchez-Mendoza

 

Aunque el Día Mundial de la Libertad de Prensa se conmemora en mayo 3, por acuerdo de la Asamblea General de las Naciones Unidas, en México el aniversario es el 7 de junio. Desde 1951.

Y a diferencia de otros años no hubo (en todo el país), el domingo que nos antecede, ninguna agrupación periodística (seria) que fijara su postura por la inseguridad y el terrorismo político que amenazan a quienes ejercemos el quehacer informativo, analítico y crítico de manera cotidiana.

Sólo algunas cofradías lo hicieron casi en la clandestinidad, por temor a la represión que actualmente se despliega en contra de los trabajadores de los medios de comunicación masiva (impresos y audiovisuales).

Pero en estricto apego a la verdad, bien sabemos que sus intereses no son periodísticos, sino económicos.

Y que la censura de los colegas que ahí trabajan forma parte de su estrategia comercializadora, que, regularmente, raya en el chantaje y la extorsión.

Otro sector que podría sumarse a la exigencia del respeto hacia el gremio periodístico –aun cuando lo haga de dientes hacia fuera–, es el burocrático, ya que en los tres niveles de Gobierno –federal, estatales y municipales–, existen funcionarios de alcurnia que comparten la libertad de expresión sólo si la crítica los favorece.

Pero en la práctica resultan los detractores más furibundos de la prensa cuando ésta exhibe sus excesos y debilidades.

Igual que sus vicios; negligencia y omisiones: ineficacia e ineptitud, con respecto a su actuación en la administración pública.

En fin, como en cada aniversario del Día de la Libertad de Prensa acontece, los trabajadores de la tecla y la lente nada tenemos qué festejar, hasta en tanto no existan:

a) Respeto al libre ejercicio periodístico;

b) Castigo a los autores físicos e intelectuales de las agresiones contra periodistas;

c) Salarios decorosos para quienes desempeñan el oficio;

d) Auténticas leyes de transparencia y de libre expresión;

e) La apertura de frecuencias de radio y señales televisivas a otros particulares ajenos a los monopolios hasta hoy existentes; y

g) La garantía de que los contenidos informativos no serán mutilados, alterados ni “perdidos” por intereses comerciales, políticos o ideológicos, so pena de que la ley sea aplicada con todo rigor.

 

Libertad inalterable

Bajo el mismo tenor, hoy le reitero que la libertad de expresión es un precepto constitucional que no se compra ni está en venta.

Es el credo de los hombres comprometidos con la verdad.

Un derecho que tenemos para comunicar, digna y serenamente, todo lo vano y útil que gira en nuestro entorno.

Sin embargo hay individuos que no la admiten.

Seres que la desprecian porque la verdad lacera.

E irrita, cuando toca los puntos más vulnerables de la naturaleza humana.

La libertad de expresión alienta el misticismo de quienes hemos hecho del ejercicio periodístico nuestra razón de ser.

Es la forma y el fondo de la objetividad.

Pero muchas veces se le confunde con el libertinaje.

Y los encargados de prostituirla son, precisamente, aquellos que la utilizan para denostar y entrometerse en la vida privada de nuestros semejantes.

O simple y llanamente para ensalzar las supuestas virtudes de sus amigos y hasta difamar a los que creen enemigos.

La libertad de expresión, incluso, cuando es mal entendida por la ignorancia inherente de quienes se ostentan como periodistas sin serlo, provoca que en ocasiones se confunda a los informadores profesionales y éticos con los mercenarios que al amparo constitucional de los artículos 6º y 7º cometen todo tipo de fechorías, al imprimir panfletos las más de las veces desequilibrados.

Refiero esto porque mucho me desilusiona ver que en Tamaulipas, como en otras entidades de la República Mexicana, hay decenas de farsantes que usurpan la función de quienes ejercemos el periodismo puntualmente y lo consideramos todo un apostolado.

Ahí están, también, esos pasquines que avergüenzan al gremio; los rotativos con sobrados recursos económicos que sólo sirven para proteger y/o legitimar aspiraciones políticas de sus propietarios y los ‘texto servidores’ incrustados en las redes sociales y/o portales informativos que nadie visita.

De cualquier forma, la libertad de expresión es harto generosa.

Tanto que hay políticos y empresarios que hacen publicar sus mamotretos para espantar con el petate del muerto a sus adversarios y su interés de fondo está bien marcado: presionar a las autoridades gubernamentales, en sus tres niveles, en su codicia de usufructuar el poder por el poder mismo.

En contraparte, cuando el ejercicio periodístico antepone la ecuanimidad a cualquier otra utilidad ajena a la comunicación de masas, enorgullece a quienes lo practicamos día con día.

Más cuando sabemos que el oficio tiende a profesionalizarse, merced a la inquietud de algunos colegas por capacitar a los nuevos cuadros ofreciendo talleres de redacción, ortografía y cultura general –por ser los elementos mínimos que requerimos dominar quienes formamos parte de este gremio–, pese a que existen profesionistas (no profesionales de la comunicación) que reclaman se les considere redentores del ejercicio periodístico sin saber cómo plasmar una declaración o dar coherencia a sus comentarios (aun ostentando títulos universitarios).

Por tanto, en la actualidad ya no se puede ni debe ser complaciente con quienes hacen mal uso de la libertad de expresión.

Y menos cuando éstos han envilecido el quehacer de la prensa y la utilizan para la comisión de ilícitos.

De ahí que paguen justos por pecadores y que haya quien todavía no sepa distinguir entre los practicantes de la libertad de prensa y el libertinaje, por su mala costumbre de no leer o ser rehenes de las redes sociales.