Por Juan Sánchez-Mendoza 

 

Los políticos que directa o indirectamente participan en los procesos electorales (federal y estatales) para renovar la Cámara de Diputados, 15 gubernaturas, 30 congresos locales y cerca de 2 mil ayuntamientos, juegan con un ‘barril de pólvora’, merced a su codicia de alcanzar o retener el poder por el poder mismo.

Esto pone en serio peligro no sólo todas las justas, sino también la estabilidad del país.

Sobre todo porque la inconformidad social no aminora.

Por el contrario, ésta aumenta en frecuencia e intensidad, conforme avanzan las contiendas.

Pero a ellos poco les importa por su terquedad de querer resolver las diferencias por el camino de la calumnia y la confrontación.

Cotidianamente aparecen en el escenario auténticas bataholas, donde interviene la mayoría de los actores que aspiran ser parte de los relevos, amparados en su dizque militancia partidista o a manera de externos.

Las mujeres y los hombres de conciencia buena que enarbolan un noble ideal, por su parte, son cooptados por intereses facciosos que a toda costa tratar de asumir el control ciudadano, en claro atentado contra el pueblo que es ajeno a tanta tenebrosidad.

Así, los grupos de interés pervierten la política más cada día; lo que en realidad significa que los procesos electorales se han convertido en instrumentos de dominio e imposición, pues se insiste en aplicar la receta maquiavélica de que el fin justifica los medios.

Los conceptos de armonía y unidad no pasan de ser retórica barata para los políticos –usted lo ha visto–, mientras que la moral se convierte en algo raro y fuera de moda, ya que la hipocresía y el cinismo son ahora los principios con que se manejan quienes buscan arribar al Palacio Legislativo de San Lázaro, la administración pública estatal y/o municipal y los congresos locales.

Esa expresión concreta de la lucha intestina que se libra a lo largo y ancho de nuestro país, retrata a los políticos de cuerpo entero.

Los exhibe como entes cargados de vicios e imperfecciones, tanto como enfermos de poder, y, lo peor, deshumanizados.

A diario somos testigos, cercanos o lejanos, del surgimiento de más y nuevas confrontaciones entre los políticos en su disputa por trepar el andamiaje estructural de dominación, sin que nada les importe lo que ocurre abajo, donde está el pueblo, que a su modo busca se le tome en cuenta.

Prueba de ello es que las alianzas formales o de facto se han vuelto fundamentalistas.

Entonces, tenemos que el desacuerdo, la descalificación y la estéril confrontación seguirían brotando por doquier.

Hay o no democracia
Los teóricos e investigadores de la ciencia política, tienen como norma el estudio y análisis transnacional, pues uno de sus objetivos es identificar los rasgos que distinguen a los países cuyos sistemas de gobierno ostentan la democracia, o bien se encuentran en vías de adoptarla.

En su caso, Robert A. Dahl, catedrático de la Universidad de Yale, establece algunos elementos que utiliza en sus indagaciones: cargos públicos electos, fuentes alternativas de información, elecciones libres e imparciales, respeto del poder hacia la ley, libertad de expresión y participación ciudadana.

Una vez recopilada la información, los estudiosos proceden a su evaluación, cruzamiento y análisis, para determinar hasta dónde un país puede ondear la bandera de la democracia.

La referencia surge a propósito de la guerra sin cuartel que juntos, pero no fusionados en todas las entidades, libran las alianzas PAN-PRI-PRD y morena-PT.

Sin embargo la arremetida presidencial también pega fuerte a través de las instituciones federales y estatales –merced a los golpes bajos que alientan la burocracia más cercana al jefe del Ejecutivo Federal y los gobernadores que a lo grande se despachan en las entidades federativas–, amenazando incluso con desestabilizar a la nación entera, pues los actores principales de tal acción ya cavaron su trinchera y se aprestan a destrozar al enemigo por cualquier vía de cara a la sociedad, que, por cierto, hoy es presa de la confusión.

Y es aquí, precisamente, donde se evidencia vive la fragilidad de una incipiente democracia.

Cerrazón de los actores
No obstante que el juego sucio por parte de la Federación y algunos de los gobiernos estatales está más que detectado y las identidades de sus promotores han sido exhibidas con nombres y apellidos, cada una de las partes en conflicto esgrime de manera pública sus alegatos y habla a nombre del mandato conferido, pero el problema central se ha vuelto crónico y pone en riesgo el proyecto democrático del país.

El ejemplo más claro lo podemos ubicar en la incapacidad de los políticos, autoridades y grupos de interés para ponerse de acuerdo; en la incongruencia de algunos de ellos, y, por supuesto, en la falta de respeto hacia nuestra Carta Magna donde la legalidad no tiene dobleces.

No obstante las autoridades gubernamentales sí acostumbran practicar un doble juego, pues en la práctica hacen todo lo contrario de lo que prometen.

Ante esas evidencias, salidas de los roncos pechos de los dirigentes partidistas y el grueso de los aspirantes a cargos de elección popular, empieza a decrecer nuestra capacidad de asombro merced a la mentira y el cinismo con que se abordan los asuntos trascendentales.

Y es que parece increíble que el propio Instituto Nacional Electoral (INE) sea quien esté poniendo al país en la antesala de una crisis profunda, debido a su falta de tacto para poner a cada cual en su lugar.

Merced a lo anterior, vale la pena reiterar que nadie puede estar por encima de la ley, así se trate del Presidente Constitucional de México.

Ello es una condición mínima de respeto a los principios de convivencia y orden que deben privar en la Nación entera.

De este modo hoy nos encontramos ante la encrucijada de refrendar el Estado de Derecho o arrastrar al país hacia escenarios nada deseables.

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