Golpe a golpe

 Por Juan Sánchez-Mendoza

 

En ésta época, cuando miles de ‘paisanos’ regresan a la Unión Americana a trabajar para nuevamente ‘apretarse el cinturón’ por su costumbre de enviar remesas a sus familiares asentados en el el sureste, la zona centro y El Bajío, principalmente, considero pertinente comentarles que: el apoyo a los indocumentados asentados en la frontera norte de México –esencialmente a los connacionales–, debe involucrar a todos.

No sólo a quienes han sido deportados, pues hay emigrantes que aún no cruzan el río Bravo pero sufren vicisitudes tan graves como las padecidas por otros sí repatriados.

Por otra parte, hay que considerar que cuando menos en México la migración es un fenómeno poblacional que consiste en abandonar (prácticamente) el lugar de origen para establecerse en otra región –en el mismo país o en el extranjero–, regularmente por causas económicas o sociales, que van desde la pobreza, falta de empleo, la codicia de una riqueza inmediata o bien la disfunción para integrarse a la sociedad local.

A partir de esa premisa, quienes dejan a su tierra y a su gente para ir en busca de otros horizontes adquieren la calidad de emigrantes, pero en su andar son calificados como inmigrantes al pretender establecerse en un lugar ajeno a sus costumbres.

Refiero el hecho porque hasta hoy los especialistas en la materia y el mismo Gobierno Federal muestran clara incapacidad para enfrentar el problema –privilegiando a centro y sudamericanos, africanos y otros–, que ahora sacan a flote simple y llanamente para justificar la utilización de recursos económicos del erario.

Es más, hasta el lujo se dan de publicitar cualquier estadística que no levantan ni les consta, pues así conviene a su pretensión de alcanzar una popularidad también harto cuestionable.

Lo que en verdad ocurre, es que el tema de los inmigrantes ni razón tiene de causar tanto revuelo, pues los compatriotas aquí (en México) nacidos que por su propia voluntad decidieron marcharse del país –como de los centro y sudamericanos, africanos  de otras nacionalidades–, sin importarles abandonar hijos, mujeres y padres –menos su país–, son los menos y en lo personal resultan generalmente hasta apátridas, al buscar ser considerados residentes y/o ciudadanos estadounidenses, cuando no fueron capaces en su propia casa, de pujar y empujar por un futuro más promisorio, ya que más los atraen los reflectores del llamado primer mundo.

 

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