Por Eusebio Ruiz Ruiz

La filosofía de la lentitud surge en Roma, en 1986, la cocina es su origen.
En la Piazza di Spagna, una de las más famosas plazas de Roma, se instaló un local de comida rápida, un grupo de cocineros encabezados por Carlo Petrini reaccionaron en contra de este tipo de negocios e impulsaron la apertura de un centenar de locales de comida lenta.

Así inicia el movimiento de la lentitud, de la gastronomía se expande a otras dimensiones como la educación, el comercio, la moda, la vida sexual, la tecnología, la ecología y a la organización de las ciudades lentas de Europa.

Lentitud no es holgazanería, no es pasito de tortuga, es hacer las cosas bien, con el ritmo y en el momento adecuados, es tener calma, observar detalles, contemplar, recrearse, escuchar, pensar antes de hacer o decidir.

La filosofía de la lentitud parte del principio: A cada tarea que hagamos, situación en la que nos encontremos o experiencia que vivamos, démosle el tiempo y la atención que necesita y merece.

El canadiense Carl Honoré ha propagado la filosofía de la lentitud, pensamiento que se rebela ante el “virus o la enfermedad de la prisa” y que enfatiza la importancia de hacer bien las cosas, rechazando la velocidad.

Honoré afirma que la sociedad actual está obsesionada en la aceleración y el desenfreno, por lo que urge parar, aquietarnos, ir despacio, reflexionar para no caer en la irracionalidad y en la toma de decisiones equivocadas.

Vivir con calma para tener una vida saludable y plena es unos de los objetivos de la filosofía de la lentitud.

La rapidez afecta la salud, la alimentación, el trabajo, la familia, las relaciones entre las personas, el descanso y hasta el medio ambiente; velocidad no es vivir bien, no ahorra tiempo y sí daña.

No olvide estimado lector que quien siempre anda a la carrera termina por estrellarse en la vida. La vida acelerada de los políticos, siempre corriendo detrás de un cargo público, para terminar perseguidos por la justicia o tras las rejas, es una prueba de que la vida acelerada no conviene.

Hay relaciones de afecto que por andar de prisa se pierden para toda la vida. ¡Y esto no es triunfo ni éxito!
Dice Carl Honoré: “Necesitamos ir más despacio para poder vivir… La vida es corta para perderla corriendo con prisa”.

La breve historia de un niño llamado Eulogio -contada por el médico y psicoterapeuta Jorge Bucay- resume muy bien lo que es la filosofía de la lentitud:

– Eulogio, contesta rápido: ¿cuánto es tres por cuatro?
– Once –responde Eulogio.
– No, hombre… ¡Doce!
– Perdón. ¿Tú que quieres? ¿Velocidad o precisión?

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